FUEGOS
Apesadumbrado
iba el marido dentro féretro, lloraban los acompañantes y el momento ampliaba
el aura del dolor. Desde otro lado, Pablo, el viejo panteonero que revestía la
edad de cincuenta años, echaba un vistazo a la esbelta figura de una viuda, analizaba
detalladamente la anatomía de la mujer, la revisaba de pies a cabeza. Después
de escanearla en todos los ángulos que pudo, se dijo que aún había cosas en la
vida que con solo imaginarlas rejuvenecían a un triste solitario. Ella llevaba
una negra y fina sombrilla para cubrirse del sol, pero el viento jugaba en
contra suya, cargado de amplísima furia dibujaba en ella la figura soñada que
Dios la premió. Todos lloraban y Pablo aún
la observaba.
Al
pobre mortal le era difícil desviar la mirada hacia los otros. El hedor pasional
de guapas enlutadas provocaba en él
memorias de intensos deleites en sus nuevos años. Años de muchachas ya
casadas, con una atracción irresistible,
que acarreaban fragancias y desgracias
al mismo tiempo. Con las manos en los bolsillos, vigilaba, se unió a la escolta
de dolientes que iba detrás. Observaba atentamente a la que lloraba. Susurrando
detrás decía: ¿detente? Olvida a quien en vida fue. Pensaba en sus adentros: la
frescura de toda tu juventud irradia vivamente, solo yo puedo verlo.
Se
frotaba la barbilla, fue una costumbre prohijada en sus primeras andanzas con Marta. Pablo en sus años de mocedad tuvo la suerte
de ser un triunfante empresario. Llevó a buenas fortunas la agrupación heredada
por sus antepasados. La familia desbordaba de harta confianza hacia él y
terminaron depositando las firmas a su nombre. Condujo a buenas andanzas y
buenas ganancias a los profesionales que pisaron su vasta compañía. Se puede
afirmar que tuvo mucha suerte en su vida laboral, pero todo lo opuesto en aspectos
de amores intensos…
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